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jueves, 7 de octubre de 2010

El Estado y la ciudad que queremos

Por José Alberto Márquez Salazar
Colaborador invitado

Definir el perfil de la ciudad que queremos, en la que queremos vivir, es un asunto medianamente complicado porque ya nacimos aquí. Milagros de la genética nos han traído y colocado en un lugar y un tiempo. Así que la ciudad ya estaba, pero ahora resulta muy importante que conformemos el entorno en el que nos movemos, trabajamos y realizamos gran parte de nuestra vida (no hablo del automóvil).

Los centros urbanos en México crecieron exponencialmente entre 1970 y el año 2000: de 28.3 millones de personas que vivía en localidades urbanas hasta los 71.8. Treinta años en los que también, los cambios políticos y sociales fueron acelerados. De hecho, la ciudad de México puede observarse como un gran laboratorio de cómo no necesariamente un desarrollo político-democrático va aparejado de un buen desarrollo urbano.

Me explico. Como muchos saben, el Distrito Federal –conocidos por algunos como Ciudad de México, aún cuando ésta es más extensa- vive desde los ochentas un proceso de mayor independencia administrativa, desde lo estatal hasta lo municipal (pensando en las configuraciones federales). En 1997 se eligió al Jefe de Gobierno y dejó de ser un Departamento administrado por el Ejecutivo Federal, encargado de nombrar al Jefe del Departamento y a los Delegados en las 16 demarcaciones territoriales. En el 2000 se eligió a los titulare de los órganos políticos-administrativos desconcentrados –mejor conocidos como delegaciones. Entonces muchas de las responsabilidades fueron asumidas primero por una autoridad legítima y legal derivada de un proceso elección que hicieron los ciudadanos; Con apenas tres años para tomar las riendas de una buena parte de la administración, el Jefe de Gobierno tuvo que dejar varias de ellas en el 2000 a los Delegados electos. Un proceso político-administrativo aún no maduro vivió un nuevo impulso.

De la noche a la mañana las Delegaciones se hicieron cargo de muchas responsabilidades y, ante la falta de experiencia en el ramo, muchas controversias surgieron: ¿a quién le toca qué? Por ejemplo, aún hoy en día las vialidades primarias y su limpieza son responsabilidad del GDF, pero las secundarias y demás son ocupación de las delegaciones. En ese entonces, en el 2000, muchos otros temas tenían poca respuesta porque no había definiciones muy claras y los servidores públicos no querían asumir costos que no estaban dispuestos a poner.

En 20 años he visto decenas de foros metropolitanos, regionales, delegacionales, etcétera, donde se analiza cómo pueden mejorarse las cosas. De hecho en cada nueva legislatura de la ALDF, el primer año, los legisladores se enfrascan en la realización de estos foros que no solamente les nutre de conocimientos sino les da proyección política entre los especialistas. Lo cierto es que el tiempo se pierde porque a los foros no necesariamente van los especialistas, sino los actores políticamente importantes de los temas y la gente asistente no es la que toma las decisiones sino los grupos de apoyo de los diputados. En fin, un desperdicio de tiempo, salvo pocas excepciones de ahí surgen decisiones y acuerdos que se implementan.

Me parece que así como existen preguntas esenciales que responde la filosofía política sobre los principios y acusas últimas de la política, también debemos preguntarnos sobre la ciudad cuáles son sus principios y causas últimas. De ahí responder cuál es la ciudad que queremos.

Creo que todas las ciudades por sus procesos de modernización enfrentan un dilema para su manutención y conservación: procesos de ciudadanía y fortalecimiento comunitario. De hecho las visiones parecen hasta contradictorias porque la comunidad tiene bases y valores diferentes a la ciudadanía. Mientras la solidaridad e identidad social parecen ser un proceso comunitario más arraigado, la ciudadanía se basa en el respeto a las leyes y sus principios. En una comunidad los valores tiene que ver más con la amistad, la familiaridad, etcétera; los ciudadanos se reconocen como tales por el cumplimiento de sus deberes y el ejercicio de sus derechos.

Sin ser especialista en el tema, creo que este proceso entre comunidad y ciudadanía es el que pone en aprietos muchas de las políticas que se implementan en el Distrito Federal, pero que se fortalecen porque aún su madures administrativa no está consolidada.

¿Podemos resolver este dilema optando por una de las dos formas? Yo creo que las dos se pueden combinar utilizando experiencias internacionales y adoptando modelos propios arraigados. Podemos lograr que una comunidad participe y conserve los parques y jardines y los retome, los haga suyos bajo el respeto a los demás y a las normas vigentes, por ejemplo.

Insistiría en que la respuesta sobre la ciudad que queremos es fundamental y esta respuesta tiene que partir de los especialistas y no necesariamente de los políticos profesionales. Son éstos los que deben encargarse de llevar a buen camino la respuesta, es decir deben responde cómo lo hace la teoría política, explicando cómo debe funcionar y porqué.

Todos los días desde las oficinas gubernamentales se debaten decisiones que involucran a las comunidades y al conjunto de la ciudad. Nuestros instrumentos de gobierno y administrativos no están perfilados completamente, falta un gran tramo para conseguirlo.

En la definición de la ciudad que queremos también está implicado el Estado y la representación política que decidimos. Resulta por eso importante que los temas urbanos también sean del conocimiento público, los medios de comunicación deben abrir mayores espacios a este tipo de temas que implican involucrar a los ciudadanos en su vida cotidiana.

Si queremos hacer más humana a la ciudad, pero hacerla más eficiente hay que caminar junto a la misma gente que la conforma y que por azares del destino ocupa y ocupará un lugar en ella. Quienes trajinan diariamente se sienten descontentos, frustrados por los cambios que la "modernidad" impone, pero están arraigados de múltiples formas en la urbe y no será fácil salir de aquí es por ello que la necesidad de mejores condiciones debe ser un motivo para que la gente participe y se involucre en ese nuevo perfil de una ciudad que merece mejores tiempos y que la margen de las políticas gubernamentales sigue haciendo su vida y conformando su rostro.

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