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jueves, 20 de mayo de 2010

Diego, una pieza en el cambio

Por José Alberto Márquez Salazar

El de 1994 fue un año de transformación para el sistema político mexicano: el movimiento guerrillero del EZLN públicamente manifestó su rebelión contra el Estado, Luis Donaldo Colosio fue asesinado dramáticamente en Lomas Taurinas y Diego Fernández de Cevallos, en el Partido Acción Nacional, inició una campaña política rumbo a la presidencia de la República modificando el perfil histórico de los candidatos.

Si en 1988 la aparición de Cuauhtémoc Cárdenas con el Frente Democrático Nacional renovó la visión política de México, en el de 94 Diego fue el candidato que destrabó el adormecimiento de la política. Ante la pregunta sobre un consejo a los jóvenes, Diego afirmó: “Qué no se transformen de jóvenes promesas a viejos pendejos”. Así, con ingenio y búsqueda de sabiduría Diego renovaba formas y lenguajes. “y si todos estamos de acuerdo en que el cambio es urgente, debemos de coincidir que no queremos cambiar, doctor Zedillo, para que todo quede igual. Ni tampoco señor Cárdenas para que volvamos a un pasado que no debe regresar”. Fue duro en el debate con Cuauhtémoc Cárdenas y Ernesto Zedillo, irónico con éste: “…sabemos que usted ha sido un buen chico con altas calificaciones pero en democracia creemos que sinceramente no aprueba.”

Un día de julio de ese 1994, durante el cierre de campaña del Partido Acción Nacional, “El Jefe Diego”, rodeado por decenas, cientos, miles de seguidores caminaba por la calle de Madero. Una mujer adulta lo detuvo y le entregó un rosario “para que no se fuera a rajar. La multitud como olas empujaba y removía a todos. En un instante, observador de la historia, quedé cerca de Gonzalo Ling Altamirano, de Felipe Calderón, de otros grupos de funcionarios y militantes del PAN que no conocía de vista (a estos dos los conocía sólo de vista y en alguna ocasión los había saludado luego de alguna conferencia). La marea nos junto y alguien de ellos le dijo a la gente de alrededor que se tomaran de los brazos. Se trataba de hacer un círculo para proteger al candidato. Así lo hicimos. La entrada al Zócalo fue casi levitando porque la marea nos arrastraba y los pies perdían el sentido del suelo. Inútil resistir los empujones, quedé varado casi al tocar la Plaza. Diego siguió andando hasta el templete. Como en plaza de toros, llegó acompañado de música de fiesta. De pronto, lo muchacho bravucón, retador, pugilista de la palabra, litigante de la política se modifica y atenúa el discursos radical. El discurso se vuelve aburrido de tan serio, tan responsable, pero no deja de levantar la fuerza que ya Carlos Castillo Peraza había puesto en la Plaza.

Un mes antes de la elección Diego había desaparecido casi de los medios. Muchos acusaban un error de estrategia, otros la venta al mejor postor. Los ciudadanos fueron a las urnas. Necesitábamos cambiar algo en México. Diego traía la posibilidad. Creíamos, muchos, que él movería al sistema como antes lo hizo Cuauhtémoc Cárdenas. Diego peleó, pero quedó segundo. Quienes ven “complots” en todo afirmaron la venta de la elección. Zedillo coronó la campaña de Salinas y del aparato gubernamental, de los caciques estatales, esos que –con otras caras- ahora vuelven a controlar la elección rumbo al 2012, esos que no han cambiado las estrategias y las formas de generara su propia democracia.

Diego no aparece. Los medios de comunicación, desatendiendo la prudencia y solventando la venta –las reglas de su mercado-, han configurado una red de especulaciones donde nada parece preciso y el enmarañado nos nubla el entendimiento. Oportunistas como siempre, ya traducen a los ciudadanos la situación que tenemos: “si eso le pasó a Diego que es un hombre poderosos, qué nos pasara a nosotros”. Una lógica sin sentido.
Diego Fernández de Cevallos no es un héroe, no es bueno o malo, no es demócrata o autoritario. Es, eso sí, una figura pública que transformó nuestra visión de la política. Quienes fuimos tentados por esa idea de “hacer política”, aprendimos cosas elementales de él sin siquiera conocerlo personalmente: manejar las palabras, aprenderlas, los mensajes deben ser claros, hay que tener valor para la política, México puede cambiar y no es necesario radicalizarse para transformar.

Diego puede ser calificado, inclusive, como amigo del diablo, capaz de pactar con éste y engañarlo. Sí, quizá tiene muchas cuentas pendientes, pero en lo político no quedó a deber mucho. La transición fue más tersa cuando el condujo parte del camino. Si les cae bien o no es otro asunto. Interesa el político.

Muchos medios de comunicación erran en su alegato para confundir difusión de la violencia con libertad de comunicación. La revista Proceso presenta en su portada a los policías abatidos por el narco, sus rostros deformados por los impactos de las balas están expuestos a los ojos de todos los lectores, incluyendo a los de sus familias. ¿Será posible que nuestra “libertad de prensa” tenga a bien mostrar a los deudos los cuerpos de quienes fueron su familia?

Un día, en Colombia, muchos creyeron que la guerra contra el narco estaba perdida, había que negociar. No tenía sentido seguir luchando. México parece andar sobre ese camino: creer que la lucha está perdida.

Un día también, Antanas Mokus planteó en Bogotá la posibilidad de que desde los ciudadanos las cosas cambiaran. Hoy, Mokus puede llegar a gobernar Colombia. Sí, la violencia sigue, el narco continua, pero su disminución es cada vez mayor. La gente ha aprendido muchas cosas para alejar de su vida ese flagelo. Hoy, los narcos no son ídolos, motivo de canciones sino rechazo público.

En México, nuestros medios de comunicación se atreven a cuestionar el encarcelamiento de una “pobre joven” que alcoholizada acabo con la vida de un hombre. El viejo y “radical” rockero mexicano, promotor de cementos resistol, acusa que el único delito de su hija es haberse apellidado Lora. Pero hay más, la música grupera difunde sin cesar canciones donde la exaltación de los capos y de su vida es motivo de orgullo y de ejemplo.

No, del otro lado, en el México que se resiste a morir, hay miles de ciudadanos que hartos de la situación, entendiendo que lo mejor es poner manos a la obra, van decidiendo qué hacer para cambiar el sistema. Dormida en sus laureles, la clase política, por incapacidad y ceguera, no entiende el movimiento social y pacifico que se acerca. Una revolución de terciopelo fuera del siglo XX, una revolución de terciopelo que va a demostrar algo de lo que Diego Fernández dijo en ese debate de 1994: “...tenemos país, tenemos pueblo, lo que necesitamos es un buen gobierno”. Un gobierno cerca de los ciudadanos.

1 comentario:

Ricardo León Caraveo dijo...

Lo puse en mi facebook está interesante, felicidades. Saludos amigos